domingo, 27 de diciembre de 2009

LIBERTAD

LIBERTAD

I

Sobre el sucio asfalto del cruce de Villarroel, unas letras gigantes llaman la atención de los transeúntes y de los conductores de coche. Se ha creado el efecto mirón y, muy lentamente, las ruedas de los vehículos van pisando con suavidad el contraste de la pintura color limón con la grisácea carretera.

Elvira, con una mirada solemne, observa escrutadamente desde su balcón cada brochazo de esas letras que van impresionando a todo el gentío que pasa por allí.

«Libertad». Elvira suspira. Es el primer grito de denuncia hacia la nueva esclavitud. El individualismo exacerbado, las mentiras a gran escala, la hipocresía social, la desconfianza colectiva, el silencio hacia un mundo que se ha vuelto ajeno a todas las almas ─ si es que aún existe espíritu en el ser humano occidental ─ que repudian día tras día su monótona vida; y un sinfín de oscuridad obscena que no consigue desvanecerse, de una niebla que sólo se disipa las noches de sábado, cuando el alcohol hace emerger el verdadero aliento de la población que intenta evadirse, y que se disipa también en los cálidos momentos en los lechos de amor ─ o en los sofás, las lavadoras, las mesas de comedor ─ donde los machos y hembras más afortunados hacen del deporte más práctico, saludable y completo, un éxtasis emocional, espiritual.

II

«Libertad». Elvira sigue mirando desde el balcón vacío del chaflán. Es un grito de una guerra que no es guerra, de una lucha sin armas, de una batalla con almas contra un todo que no se puede derrumbar a tiros de fusil. Es el primer aullido hacia no se sabe quien, quizás hacia el cielo, que ni siquiera se inmuta, que se mantiene impasible contemplando ese reclamo de libertad materializado en ocho bellas letras. Puede que sea un berrido al viento, pensarán algunos, pero Elvira, mientras ve desde el retrete alejarse a su hermano con una pequeña mancha amarilla en el jersey y ve todo el líquido parecido a la limonada que todavía no se ha colado por el lavamanos, sabe que es un llamamiento general a todos esos muñecos que, aunque esconden sus cabezas (a punto de explotar) bajo el traje gris de la rutina, todavía mantienen una candidez y blancura en esos estómagos plagados de pastillas para paliar la ansiedad.

Se irán contando unos a otros durante una semana, o dos, si hay suerte, la graciosa ─¡pero esto es serio!─ anécdota del martes por la mañana, mientras las ruedas de los coches mantendrán enganchada la pintura (carísima, por cierto) que no parará de girar y girar hasta que los conductores decidan cambiar sus viejas ruedas.

4 comentarios :

  1. No está mal el texto. Siguelo ya. :)

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  2. Gracias Cata por tu comentario (verbal, no online) y a tu madre. Ya he cambiado ese "suavemente" empalagoso por "con suavida".
    La siguiente entrada irá dedicada a ti.

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  3. Francamente tú cuentecillo me ha parecido excelente, describes mediante un lenguaje metafórico como la modernidad y su efecto más perjudicial de todos el estrés y la rutina diaria, han modificado la vida del hombre y la sociedad, convirtiéndola en algo monótono y por sobretodo alzando gérmenes que nos enferman día a día, ( como bien dices tú) hipocresía social, individualismo, etc.
    Has descrito también sin embargo, como los hombres buscamos una salida a los síntomas de esta enfermedad, allá parece ser el beber alcohol los sábados, acá en Chile se acostumbra a beber los viernes por lo mismo, vemos como una salida a la rutina el beber alcohol y el mantener relaicones sexuales, como la única cura de estas enfermedades que día a día destruyen la esencia de lo verdaderamente humano....... continúa así mei, felicitaciones.

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