sábado, 19 de septiembre de 2009

"La voluntad" de Azorín

Pequeños pasajes especiales de "La voluntad" (1902) de José Martínez Ruiz.


Podrán invocarse sociólogos, economistas, filósofos... Yo no necesito invocar a nadie para saber que la tierra no tiene dueño y que un príncipe, o un ministro, o un gran industrial, no tiene más derechos que yo, obrero, para gozar de los placeres del arte y de la naturaleza...
Pág. 141.

Cuando yo muevo mi pluma para escribir una página, ¿puedo asegurar que esa página es mía y no de las generaciones y generaciones que han inventado el alfabeto, la gramática, la retórica, la dialéctica?
Pág. 141.

Los viejos son escépticos... los jóvenes no quieren ser románticos... El romanticismo era, en cierto modo, el odio, el desprecio al dinero... y ahora es preciso enriquecerse a toda costa...
Pág. 145.

...En este rojo anochecer de agosto el cielo parece inflamarse con las pasiones de la ciudad enardecida. Lentamente los resplandores se amortiguan. Oculto el sol, las sombras van cubriendo la anchurosa vega. Las diversas tonalidades de los verdes se funden en una inmensa y uniforme mancha de azul borroso; los términos primeros suéldanse a los lejanos; los claros salientes de las lomas se esfuman misteriosos. Cruza una golondrina rayando el azul pálido. Y a lo lejos, entre las sombras, un bancal inundado refleja como un enorme espejo las últimas claridades del crepúsculo.
Pág. 179.


Pues entonces tengamos fe, amigo Yuste, tengamos fe... Y consideremos como un crimen muy grande el quitar la fe... ¡que es la vida!... a una pobre mujer, a un labriego, a un niño... Ellos son felices porque creen; ellos soportan el dolor porque esperan... Yo también creo como ellos, y me considero el último de ellos... porque la ciencia no es nada al lado de la humildad sincera...
Pág. 205


¿Qué pensará este insecto -pregunta el maestro-. ¿Cómo será la representación que tenga de este mundo? Porque, no me cabe duda de que es un filósofo perfecto. Habrá salido de debajo de una piedra, ya pasados los ardores del día; ha llegado después a esta planta; ha hecho sus ejercicios gimnásticos; ha meditado; ha tenido un instante de ironía elegante al asomarse por el agujero de una hoja... y ahora, satisfecho, tranquilo, se retira otra vez a su casa. Si yo pudiera ponerme en comunicación con él ¡cuántas cosas me diría que no me dice Platón en sus "Diálogos", ni Montaigne, ni Schopenhauer!
Pág. 217-218. Capítulo XX de la 1a. parte.


-[...] Comprender es entristecerse; observar es sentirse vivir... Y sentirse vivir es sentir la muerte, es sentir la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada...
Pág. 237. Capítulo XXV de la 1a. parte.


Como [Azorín] está un poco triste, nada más natural que procurar entristecerse otro poco.
Pág. 305. Capítulo X de la 2a. parte.


En el fondo me es indiferente todo. Y la primera consecuencia de esta indiferencia es mi descuido del estilo y mi desdén por los libros. Yo creo que he sido alguna vez un escritor "brillante"; ahora, por fortuna, ya no lo soy; ahora, en cambio, con la sencillez en la forma he llegado a poder decir todo cuanto quiero, que es el mayor triunfo que puede alcanzar un escritor sobre el idioma. El estilo brillante hace imposible esto; con él, el escritor es esclavo de la frase, del adjetivo, de los "finales", y no hay medio muchas veces de encajar la idea entera. Además, y esto es lo más grave, se tiene prevención contra las palabras humildes, bajas, "prosaicas", y de este modo el léxico resulta enormemente limitado.
Pág. 320. Capítulo II de la 3a. parte.


Y después de todo, ¿para qué la Voluntad? Para qué este afán incesante que nos hace febril la vida? ¿Por qué ha de estar la felicidad precisamente en la Acción y no en el Reposo? Desde el punto de vista estético, una estatua egipcia, una de esas estatuas rígidas, simétricas, de inflebible paralelismo en todos sus miembros, es tan bella como la estatua griega, toda movimiento, toda fuerza, del lanzador de discos.
Pág. 327. Capítulo IV de la 3a. parte.

En días como éste, yo siento ansia de esta inercia. Mi pensamiento parece abismado en alguna cueva tenebrosa. Me levanto, doy un par de vueltas por la habitación, como un autómata; me siento luego; cojo un libro; leo cuatro líneas; lo dejo; tomo la pluma; pienso estúpidamente ante las cuartillas; escribo seis u ocho frases; me canso; dejo la pluma; torno a mis reflexiones... Siento pesadez en el cráneo; las asociaciones de las ideas son lentas, torpes, opacas; apenas puedo coordinar una frase pintoresca... Y hay momentos en que quiero rebelarme, en que quiero salir de este estupor, en que cojo la pluma e intento hacer una página enérgica, algo fuerte, algo que viva... ¿Y no puedo, no puedo! Dejo la pluma; no tengo fuerzas. ¡Y me dan ganas de llorar, de no ser nada, de disgregarme en la materia, de ser el agua que corre, el viento que pasa, el humo que se pierde en el azul!
Pág. 336. Capítulo V de la 3a parte.

Azorín [...] es una paradoja viviente. [...] Azorín es lo que podríamos llamar un rebelde de sí mismo. Instintivamente tiene horror a todo lo normal, a todo lo geométrico, a la línea recta.
Pág. 362. Carta III del epílogo.


JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ. "La voluntad". Cátedra. Ed. de María Martínez del Portal.
Foto de Azorín en 1902.

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