martes, 24 de febrero de 2009

Samantha

A veces es difícil terminar estas cosillas, pero bueno...
No sé porque pero no sale bien espaciados todos los párrafos.


VIII
La muñeca de Samantha sólo tiene cabeza. No tiene ni cuerpo ni nombre. Pero siempre sonríe. Con su boquita arqueada, con sus ojos redondos y negros, con sus trenzas de tela y su gorro de maga. Sin pecho, sin piernas. La muñeca de Samantha no tiene cuerpo ni nombre. Pero siempre sonríe, aun cuando su dueña no le quiere guiñar el ojo, porque (la moña) sabe que lo terminará haciendo. Su quehacer principal, aparte de sonreír, es mirar y observar con sus ojos rotundos y negros. ¿Y qué mira? El vacío de la habitación de Samantha cuando no está. Cuando no está Samantha, los ojos le pican como si hubiera cortado cebolla, pero sigue sonriendo. Cuando sí está, los ojos también le pican, pero como si solamente hubiera troceado dos veces la cebolla. En realidad, siempre le pican los ojos como si hubiera intentado herir un bulbo picante, ya sea venciéndolo con una pequeña daga o fracasando en su empeño de hacerla desaparecer en pedacitos. Pero ella no se da cuenta de que le pican los ojos, como siempre sonríe… Además, ella no recuerda como cortar cebolla, como no tiene brazos…





X

Samantha está observando a su alrededor: las paredes de color morado, las baldosas ocres, las dos copas vacías de su mesa, la botella de vino sin abrir, el café que está tomándose… El Café parece perfecto. Una vana sensación exhala el ambiente del restaurante y lo mantiene contenido en el corazón de la chica.
Delante, la tacita de café solo de un hombre, cuya prisa le hizo marcharse y disponerse a coger un taxi; a su lado derecho, un marco de madera que encuadra un cristal transparente a través del cual se ven las andanzas de la gente; al otro lado, un hombre comiendo mientras habla por teléfono móvil; y, sobre una larga estantería iluminada por unas luces naranjas y que está llena de botellas alineadas una al lado de la otra, hay un techo blanco y liso. Samantha está como en una caja, una caja que la encierra con su cafecito y con su mirada. Sus ojos son lo único que le permiten recordar que se encuentra en un restaurante.
Para ella, desde su racionalidad, todos los acontecimientos son mediocres y grises. Sin embargo, hay algo que le permite percibir magia en el aire de aquel espacio con forma de baúl. “El cofre de mis sueños”, piensa Samantha, “La cuestión es no ver el contenido, sino la forma de mirar, poder percibir el aliento de un arcón de gente, de un cofre que está vivo gracias a las personas que respiran en su interior”.
Perdida en su mundo mental de fantasía, Samantha se ha empezado a levantar de la silla en el momento en el que un hombre se ha colocado enfrente de ella. A saber por qué, ella, sin llegar a poner los dos pies en el suelo, ha vuelto a acomodarse en el asiento. Los ojos color avellana de la muchacha no han comprendido muy bien la situación, pero los ojos azules que la estaban mirando querían contarle una historia:

―¿Le importa que me siente? Creo que me está siguiendo alguien y quiero comprobarlo desde aquí. No quiero molestarla, pero era la única persona sentada sola en una mesa y además, la única en una buena posición de visión.
-No, da igual.
-Gracias...

La situación se hizo incómoda, hasta el punto en el que Samantha empezó a levantarse. El hombre dejó de mirar por la cristalera.

-No, no, no se levante por favor.
-Tengo que irme.
-Sólo diez minutos más.

La moza volvió a sentarse. Aun estando molesta de que siendo ella tan joven aún no la hubiera tuteado, titubeó:

-¿Y bien...?
-Sí, disimulemos. Hablemos, hablemos, si no al pasar quizá se da cuenta de que no paro de mirar.
-Ya... ¿Quién le persigue?
-Una mariposa.
-¿Cómo dice?
-Sí, una mariposa. Lleva persiguiéndome desde que he empezado a bajar la Rambla. –Aclaró.
-Ya...

El hombre volvió a mirar con seriedad por el vidrio.

-¿Y qué es lo que le hace pensar que le sigue a usted y no a otra persona?
-Bueno, pues yo iba atravesando la Plaza Catalunya y, cuando he cogido la Rambla, ella estaba allí esperándome, apoyada en el brazo de un banco. Me he parado y la he mirado y nada más ponerme a andar ha comenzado a volar detrás “mío”.
-Ya... Bueno, tengo que irme. Tengo que…
-No, por favor, ¡que todavía no ha pasado!
-Ya, seguro que no ha querido pasar por este callejón tan feo. -Dijo Samantha con tono burlesco.
-No se marche, es importante.
-“Deu”.

Levemente enfurecida, la muchacha se levantó de la mesa, harta de escuchar las pampringadas de aquel individuo. Se fijó en la figura del hombre mientras se marchaba. Tenía el pelo bonito y, aunque lo llevaba sucio, no se notaba por la negrura de sus cabellos; los ojos parecían también negros, pero al fijarse se dio cuenta de que tenían un color extraño, quizás marrón, quizás miel, quizás verde oscuro; la nariz tenía una forma extraña, pero Samantha no se fijó lo suficiente como para saber por qué; y los labios de aquel tipo eran finísimos, como dos hilos superpuestos. Samantha se fijó solamente en los rasgos de su cara sin darse cuenta de las largas piernas del hombre y sin percatarse tampoco de la corbata azul que llevaba mal anudada al cuello. Se dirigió a la puerta de salida, empujó la puerta, no pudo, la estiró, y pensó que el típico cartelito "estirar" de las puertas no los leía nadie. Salió. Miró al hombre por el ventanal, pero él parecía muy preocupado por su mariposa y, aunque había pensado en retroceder, siguió hacia adelante.

Enseguida, el aleteo de una mariposa la molestó. Adoraba su hermosura, pero temía su acercamiento. Dio dos pasos a la izquierda para dejarla a un lado, pero esta siguió detrás de ella. No pensó en nada, hasta llegar a la Plaza Catalunya, lugar desde donde le había dicho el hombre de los labios finos que había empezado a ser perseguido por una mariposa. Cuando vio enfrente de ella esa plaza redonda, llena de palomas, se dio cuenta de que la mariposa se había marchado.

Intentó pensar que era casualidad que la mariposa se hubiera marchado justo en el lugar desde donde empezó a seguir a aquel hombre, pero intuyó que el insecto parecía querer bajar la Rambla. Tenía la sensación de que la había seguido hasta la plaza para hacerla regresar al lugar. Golpeada por el simbolismo que se gestaba en su mente, empezó a bajar la Rambla con la mariposa, que enseguida se incorporó tras sus espaldas.

2 comentarios :

  1. Ojala fuera fruto de la realidad xD
    Pero no, es fruto de mi obsesion por morder...

    Tuy y tu Samantha

    Parece que ha llegado un bajon de escrivir a los 2 xD

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  2. Ta mas que claro que me refiero al bajon y no al juego xD

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