18 ene. 2019

Yo no tengo nada de bohemia (II)

Dicen que voy siempre mediocorriendo porque no llego a todo lo que quisiera hacer, que uno de mis grandes defectos es sentir que el tiempo pasa demasiado rápido. En efecto, si tuviese que elegir un superpoder sería desdoblarme en varias personas para llevar a cabo absolutamente todo. Quizás esa sea una de las razones por las que escribo, aunque no es la central. Escribo, no comparto todo lo que escribo y nunca he tenido la suficiente ambición de publicar libros.

Mi afán ha sido y es siempre indagar en mí, por un lado, y, por el otro, compartirme en pequeños puntos con seres y grupos reducidos de personas en distintos puntos del planeta. Algunos de ellos han traspasado las barreras de lo más críptico de mi poesía (que más que mía es de esta que yo soy) y me han impulsado a purificar el lenguaje que uso. Así las cosas, nada que ver con publicar libros, ni con ganar premios de cualquier campo al que me dedique. Si algo logro en estas líneas o ámbitos es fruto de caminos en los que yo no me interpongo. 

No tengo poemas sobre las terminaciones nerviosas del clítoris ni sobre el vello de mis axilas, ingles y ombligo. No reacciono contra pequeños sistemas a no ser que los conozca más a o menos a fondo. Mis grandes luchas no están en la reacción contra lo que no me gusta ni tampoco  reacciono con ardor contra aquello que no me ha afectado de forma directa. Por ello, ante los grandes booms donde se muestra aquello que yo siempre tuve, me callo y me voy tomando mi(s) cerveza(s) tranquilamente. Que no se me malinterprete, mi cabeza por dentro reivindica y cuando estoy metida en el meollo de algo, mi censor crítico intento, que es bastante mordaz, se lo carga todo. Eso sí, cuando conozco algo a fondo y me afecta de forma directa, sea a través de mí o de los demás, entonces sí empiezo a rajar. Pero no a hablar mal sobre lo mal que está todo: a mí la vida me gusta así. Mi lucha contra el sistema impuesto o el que existe está en los matices. Yo decido mi vida, sueño y me oriento al hacer y, cuando mi censor crítico se lo ha cargado todo, se pregunta: ¿Y yo qué hago para hacerlo mejor?

11 ene. 2019

Yo no tengo nada de bohemia (I)

Yo no tengo nada de bohemia. Ser bohemio, tal y como lo conocemos en los tiempos que corren y en lugares como este, a mí se me asimila a ser un dandi o a comprarse un dinosaurio como mascota o a estas dos cosas juntas. La libertad en mi estilo de vida está hecha de compromiso a corto, a medio y a largo plazo, en el mejor sentido de la palabra.

Yo madrugo y trabajo y tengo nómina a fin de mes. Y no me la gasto entera. Y los lunes no se me hacen largos. Y cuando me voy a dormir más tarde de la 1 o tomo alguna(s) cerveza(s) de más, condeno a la mañana inútil siguiente fruto del noctambulismo rocambolesco en el que caí. Paso todo el tiempo que puedo con mi familia, cuido de ellos hasta donde me alcanza. Y ya no escribo en servilletas, descargué Google keep en mi móvil y llevo en este todo lo que he escrito desde que tenía 13 años. Puedo encontrar en 3 minutos todas las líneas que he escrito que contienen la palabra "paso", "lago", "pavor" o "soy".

Por si fuera poco, tengo además, en mi oficinadormitorio, cuya distribución y diseño ha sido ideada a fuerza de hacer planos y de medir todos los muebles de los que disponía, tengo, digo, una pizarra con un tablón de productividad para gestionar mejor mi tiempo. Pero no es suficiente para no ser bohemia: cada ciertos años trazo una hoja de ruta para saber a dónde me dirijo, por qué me dirijo allí y si el punto en el que ahora me encuentro tiene mucho o poco que ver con la hoja de ruta anterior. Y siempre tiene que ver. Todo lo que queda escrito o lo que digo en voz alta lo cumplo. Archivo mis hojas de ruta cumplidas, de sueños ya cumplidos y luchados y de ahí construyo  nuevas direcciones. Lo peor es que siento un placer indescriptible cuando consigo haber leído toda la bandeja de entrada de mi correo, aunque posponga encargarme de la mayoría de ellos dejándolos marcados y anotados en el calendario, que, evidentemente, está dividido en colores y niveles de urgencia, inmediatez o plazos. Porque a mí el tiempo se me escurre, como a los bohemios, pero de otra manera. Soy un ser productivo que se afana por hacer el bien y esta es la forma en que cumplo mis sueños. Y, sin embargo, voy al día, y el martes todavía no he planificado el viernes noche ni el miércoles sé lo que haré el sábado por la tarde ni el viernes por la noche sé qué haré el domingo por la tarde: soy así de bohemia.

26 dic. 2018

El mundo de las almohadas (cuaderno de poesía)

[última actualización: 29 de diciembre de 2018]

Un año que casi acaba. Este ha sido mi año de "otra vez", hacer de nuevo y aprender lo que ya hice y lo que aprendí y nunca se hacen las cosas por segunda vez como se hicieron la vez primera. La segunda siempre es mejor.

Para acabar de completar mis objetivos, planes y sueños de este año 2018 que se termina, ya tan cerca de fin de año, he decidido que, cuando me pidan un poema mío, si me lo piden, dejaré de buscar en los bolsillos papeles arrugados y dejaré de sacar pedazos y borradores. Y así compilaré mis poemas en un pequeño cuaderno de poesía otra vez. He compilado un  con 12 poemas, en papeles bien doblados e hilvanados con mis manos.

Puede leerse de al menos dos maneras: la primera es siguiendo el orden normal y corriente y basta con ir de un poema al siguiente. La segunda, más recomendable, es siguiendo el ciclo del agua. La tercera, abrir por donde uno quiera, echar un vistazo por aquí y cerrarlo por allá.






3 nov. 2018

Citas con hondura. "Las palmeras salvajes" (1939), de William Faulkner


Cuando me aventuré a leer por primera vez a William Faulkner (1867-1962) y a empezar por una de sus novelas más inusuales, desconocía que la estructura de la novela iba a ser la de la intercalación de dos historias paralelas en alternancia, la concatenación de los capítulos de dos historias distintas que se nutren a base de tenues similitudes y fuertes contrastes (quién sabe si por esmero y diligencia del autor o serendipia literaria).

Las palmeras salvajes de Faulkner intercala una novela con el mismo nombre, la historia de un avance amoroso o pasional entre un hombre y una mujer hacia la destrucción personal, con "El viejo", nombre con el que se conoce el río Misisipi y no a su protagonista, un penado que experimenta las vicisitudes de una catástrofe, la inundación del río, y todo lo que vive alrededor o por causa de esta circunstancia. 

15 oct. 2018

Rizo de otoño

Cuando le conocí en otoño,
iba ebria
(de vino blanco y de satisfacción)
y un rizo suyo,
enloquecido,
en el afán de mirar
tartamudo 
a través de la ceguera leve,
se coló en mi ojo.
Fue indudablemente nuestro primer beso.

4 oct. 2018

Espejo de cuchillo

Tengo en mi dormitorio
un espejo lleno de cuerpos.
Me dijeron que están hechos de mercurio,
que la dimensión de sus cinturas es siempre la misma,
que no dejan huella.

28 sept. 2018

El diluvio

Nada me traspasa.
                             La tarde,
el sinsabor del café en la lengua previa,
el humo disperso del cigarro no asentado en la garganta,
el cielo blanco,
de nuevo el vaho elidiéndose de las bocas,
cortando labios
intocables,
juntando las manos
ásperas,
repitiendo incesante la lengua y los dientes
come on come on come on come on.

21 sept. 2018

Felicidad proporcional (I)

Mi felicidad es proporcional a la cantidad de cielo que veo desde mi balcón.
El ser salta de sonido en sonido desde los pájaros al silbido lento de las nubes.
La sonrisa se evapora en la satisfacción del mediodía. Canto con los pies.
Se oyen al fondo niños, persianas que se abren,
timbres de portales, vehículos que van y vienen.
Cierro la persiana en la buscada oscuridad de desprenderme de todo.
No se ve el cielo desde la nada sublime donde empiezo a existir del todo.